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EL SIGUIENTE GLOSARIO, ES TOMADO DEL LIBRO "GLOSARIO TEOSÓFICO" De Helena Petrovna Blavatsky. Dharma: La Ley Sagrada; el Canon Búdico. [El dharma es la naturaleza interna, caracterizada en cada hombre por el grado de desenvolvimiento adquirido, y además, la ley que determina el desarrollo en el período evolutivo que va a seguir. Esta naturaleza interna, puesta por el nacimiento físico en un medio favorable para su desarrollo, es lo que modela la vida exterior, que se expresa por medio de pensamientos, palabras y acciones. Lo primero que hay que comprender bien, es que el Dharma no es una cosa exterior, como la ley, la virtud, la religión o la justicia; es la ley de la vida que se despliega y modela a su propia imagen todo lo que es exterior a ella. (A. Bessant: El Dharma).- A esta palabra, pues, se le han dado numerosos significados, tales como: ley, religión, justicia, deber, piedad, virtud, mérito, condición, atributo, cualidad o propiedad esencial; doctrina, credo,; código, derecho; conocimiento, sabiduría; verdad, práctica, costumbre; bien; obra piadosa, etc. Dharma es también uno de los nombres de Yama, dios de la justicia.]
Karma [o Karman] (Sánsc.) – Físicamente, acción; metafísicamente, la LEY DE RETRIBUCIÓN, la Ley de causa y efecto o de Causación ética. Némesis, sólo en el sentido de mal Karma. Es el undécimo Nidâna [o causa de existencia] en el encadenamiento de causas y efectos, en el Budismo ortodoxo; más aún: es el poder que gobierna todas las cosas, la resultante de la acción moral, el samskâra metafísico, o el efecto moral de un acto sometido para el logro de algo que satisfaga un deseo personal. Hay Karma de mérito y Karma de demérito. El Karma no castiga ni recompensa; es simplemente la Ley única, universal, que dirige infaliblemente, y por decirlo así, ciegamente, todas las demás leyes productoras de ciertos efectos a lo largo de los surcos de sus causacíones respectivas. Cuando el Budismo enseña que “el Karma es aquel núcleo moral (de todo ser), lo único que sobrevive a la muerte y continúa en la transmigración” o reencarnación, quiere decir simplemente que después de cada personalidad no quedan más que las causas que ésta ha producido; causas que son imperecederas, esto es, que no pueden ser eliminadas del universo hasta que sean reemplazadas por sus verdaderos efectos, y destruidas por ellos,por decirlo así, y tales causas a no ser que sean compensadas con efectos adecuados, durante la vida de la persona que las produjo, seguirán al Ego reencarnado, y le alcanzarán en su reencarnación subsiguiente hasta quedar del todo restablecida la armonía entre los efectos y las causas. Ninguna “personalidad” –mero conjunto de átomos materiales y de peculiaridades instintivas y mentales– puede continuar naturalmente como tal en el mundo del Espíritu puro. Sólo aquello que es inmortal en su misma naturaleza y divino en su esencia, esto es, el Ego, puede existir para siempre. Y siendo el Ego el que elige la personalidad que va a animar, después de cada Devachán, y el que recibe por medió de dichas personalidades los efectos de las causas Kármicas producidas, de ahí que el Ego, el Yo que es el “núcleo moral” de que se ha hecho mención, y Karma encarnado, sea “lo único que sobrevive a la muerte”. [Esta ley existe desde la eternidad, y en ella, porque es la Eternidad misma, y como tal, puesto que ningún acto puede ser coigual con la Eternidad, no puede decirse que obra, porque es la Acción misma. No es la ola la que ahoga al hombre, sino la acción personal del desdichado que marcha deliberadamente y se coloca bajo la acción impersonal de las leyes que gobiernan el movimiento del océano. El Karma no crea ni designa nada. El hombre es quien traza y crea las causas, y la ley kármica ajusta los efectos, y este ajustamiento no es un acto, sino la armonía universal que tiende siempre a recobrar su posición primitiva, como una rama de árbol, que si se dobla con violencia, rebota con la fuerza correspondiente. Si se fractura el brazo que trató de doblarla, ¿diremos que fué la rama que rompió nuestro brazo, o que nuestra propia imprudencia nos ha acarreado tal desgracia? El Karma no ha tratado jamás de destruir la libertad intelectual e individual, como el dios inventado por los monoteístas. No ha envuelto sus decretos en la obscuridad de un modo intencionado para confundir al hombre, ni tampoco castiga al que osa escudriñar sus misterios; antes al contrario, aquel que a fuerza de estudio y meditación descubre sus intrincados senderos y arroja alguna luz en sus obscuros caminos, en cuyas revueltas perecen tantos hombres a causa de su ignorancia del laberinto de la vida, trabaja para el bien de sus semejantes. El Karma es una ley absoluta y eterna en el mundo de manifestación, y como sólo puede haber un Absoluto, como una sola Causa eterna siempre presente, los creyentes en el Karma no pueden ser considerados como ateos o materialistas, y menos aún como fatalistas, puesto que el Karma es uno con lo Incognoscible, de lo cual es un aspecto, en sus efectos en el mundo fenomenal. (Doctr. Secr., II, 319–320). – Entre las varias divisiones del Karma establecidas (Karma individual y colectivo, Karma positivo y negativo; Karma masculino y femenino, etc.), tiene una importancia especial la triple división en: 1º Karma acumulado o latente (Sañchita Karma), que es el constituido por multitud de causas que vamos acumulando en el decurso de nuestra vida y que no pueden tener inmediata realización; 2º Karma activo o empezado (Prârabdha Karma), aquel cuyos efectos se manifiestan ahora en nuestra propia naturaleza, esto es, aquello que constituye lo que se llama nuestro carácter, las múltiples circunstancias que nos rodean en la vida presente, y 3º el Karma nuevo, el que actualmente engendran nuestras diversas actividades (Kriyamâna Karma).Esta división, que expone J.C. Chatterji en la Filosofía esotérica de la India, es la misma que hallamos en la excelente obra de A. Besant, Sabiduría Antigua, en estos términos: “Será necesario distinguir entre el Karma maduro, pronto a manifestarse como sucesos inevitables en la vida presente; el Karma de carácter, que se manifiesta en las tendencias que son resultado de experiencias acumuladas y que son susceptibles de ser modificadas en la vida presente por el mismo Poder (el Ego) que las creo en la pasada; y por último, el Karma que ahora está produciendo y dará origen a sucesos venideros y al carácter futuro. Estas son las divisiones designadas con los nombres de Prârabdha (empezado, que debe efectuarse en la vida), Sañchita (acumulado), una parte del cual se manifiesta en las tendencias, y Kriyamâna, en curso de creación o formación”. (Obra citada, pág. 326). — San Pablo, el iniciado, expresa de un modo pintoresco la operación del Karma diciendo: “Todo lo que el hombre sembrare, eso recogerá”. (Gálat., VI, 7), sentencia análoga a la de los Purânas: “Todo hombre recoge las consecuencias de sus propias obras”. La ley del Karma se halla inextricablemente ligada con la de la Reencarnación].
*Maestro – Traducción de la voz sánscrita Guru, “Instructor espiritual”, adoptada por los teósofos para designar a los Adeptos, de quienes han recibido sus enseñanzas. (Glosario de la Clave de la Teosofía). – Los Maestros son ciertos grandes Seres, pertenecientes a nuestra raza, que han completado su evolución humana y constituyen la Fraternidad de la Logia Blanca, cuyo objeto es activar y dirigir el desenvolvimiento de la raza. Estos grandes Seres se encarnan voluntariamente en cuerpos humanos a fin de formar lazo de unión entre la humanidad y los seres sobrehumanos, y permiten que aquellos que reúnen determinadas condiciones de virtud, pureza, devoción y trabajo desinteresado en bien de la especie humana, lleguen a ser discípulos suyos, con el objeto de acelerar su evolución y disponerse para ingresar en la gran Fraternidad, cooperando en la gloriosa y benéfica labor en provecho del hombre. (A. Besant, Sabid.Antig., 388–9). – Véase: Mahâtmâ.
Mahâtmâ [o Mahâtman] (Sánsc.) – Literalmente: “grande Alma o Espíritu”. Un Adepto del orden más elevado. Los Mahâtmas son seres eminentes que, habiendo logrado el dominio de sus principios inferiores, viven así libres de los impedimentos del “hombre de carne” y se hallan en posesión de un conocimiento y poder proporcionados al nivel que han alcanzado en su evolución espiritual. En pâli se les llama Rahats o Arhats. [También se les conoce con el nombre de Siddhas; son unos seres perfectos, que por supoderosa inteligencia y santidad han llegado a una condición semi divina. – Véase: M.Dvivedi. Comentarios de los Aforismos de Patañjali (III, 32). – Estos Seres magnánimos, poderosos, de alma excelsa, primeros frutos de la humanidad, han alcanzado la conciencia âtmica o nirvânica, la que pertenece a la vida del quinto plano, y han completado el ciclo de la evolución humana. Se les designa con los nombres de Maestros, Grandes Espíritus o Jîvan–muktas [almas libertadas], y continúan, sin embargo, relacionados con el cuerpo físico para ayudar al progreso de la humanidad. (A. Besant, Sabid. Antig., 220). – Véase: Maestro, Mahâguru, etc.].
Reencarnación – Es la doctrina del renacimiento, en la cual creían Jesús y los apóstoles, lo mismo que toda la gente de aquellos tiempos, pero negada ahora por los cristianos [que no parecen comprender la doctrina de sus propios evangelios, puesto que la Reencarnación es enseñada claramente en la Biblia, como lo es en todas las demás escrituras antiguas]. Todos los egipcios convertidos al Cristianismo, los Padres de la Iglesia y otros creían en dicha doctrina, como lo prueban los escritos de varios de ellos. En los símbolos todavía existentes, el ave con cabeza humana que vuela hacia una momia, un cuerpo, o “el alma que se une con su sahou, (el cuerpo glorificado del Ego, y también la envoltura Kâmalókica)”, es una prueba de esta creencia. “El Canto de Resurrección” que entona Isis para hacer volver a la vida a su difunto esposo podría traducirse “Canto de Renacimiento”, puesto que Osiris es la Humanidad colectiva. “¡Oh! Osiris (aquí sigue el nombre de la momia osirificada, o sea el difunto), levántate de nuevo en la santa tierra (materia), augusta momia que yaces en el féretro, bajo tus substancias corpóreas”; he aquí la oración funeraria que pronunciaba el sacerdote egipcio ante el difunto. La palabra “resurrección”, entre los egipcios, nunca significó la resurrección de la mutilada momia, sino del Alma que la animaba, el Ego en un nuevo cuerpo. El hecho de revestirse periódicamente de carne el Alma o el Ego era una creencia universal; ninguna cosa puede estar más de acuerdo con la justicia y la ley kármica. [La Reencarnación es llamada también palingenesia, metempsícosis, transmigración de las almas, etc., y como indican estos nombres, enseña esta doctrina que el Alma, el principio viviente, el Ego o parte inmortal del hombre, después de la muerte del cuerpo en que residía, pasa sucesivamente a otros cuerpos, de suerte que para un mismo individuo hay una pluralidad de existencias, o mejor dicho, una existencia única de duración ilimitada, con períodos alternativos de vida objetiva y vida subjetiva, de actividad y reposo, comúnmente llamados “vida” y “muerte”, comparables en cierto modo a los períodos de vigilia y de sueño de la vida terrestre; cada una de estas existencias en la tierra es, por decirlo así, un día de la Gran Vida individual. Mediante el proceso de la Reencarnación, la entidad individual e imperecedera, la Tríada superior, transmigra de un cuerpo a otro, se reviste de nuevas y sucesivas formas o personalidades transitorias, recorriendo así en el curso de su evolución, una tras otra, todas las fases de la existencia condicionada en los diversos reinos de la Naturaleza, con el objeto de ir atesorando las experiencias relacionadas con las condiciones de vida inherentes a ellas, como atesora el estudiante diversos conocimientos y experiencias en cada uno de los cursos de su vida universitaria; hasta que, una vez terminado el ciclo de renacimientos, agotadas todas las experiencias y adquirida la plena perfección del Ser, el Espíritu individual, libre por completo de todas las trabas de la materia, alcanza la Liberación y vuelve a su punto de origen, abismándose de nuevo en el seno del Espíritu universal, como gota de agua en el inmenso océano. – La filosofía esotérica afirma, pues, la existencia de un principio imperecedero e individualizado que habita y anima el cuerpo del hombre, y que, a la muerte de este cuerpo, pasa a encarnarse en otro cuerpo después de un intervalo más o menos largo de vida subjetiva en otros planos. De este modo, las vidas corporales sucesivas se enlazan como otras tantas perlas en un hilo, siendo este hilo el principio siempre viviente, y las perlas, las numerosas y diversas existencias o vidas humanas en la tierra. – En los libros exotéricos del Oriente se dice que el Alma transmigra de las formas humanas a las animales y puede pasar a otras formas aun inferiores (vegetales o minerales). Esta creencia ha sido generalmente aceptada, no sólo en los países orientales, sino también en Occidente entre los prosélitos de Pitágoras y de Platón; pero la filosofía esotérica rechaza en absoluto semejante afirmación por ser irracional y porque se opone abiertamente a las leyes fundamentales de la Naturaleza. El Ego humano no puede encarnar sino en formas humanas, pues sólo éstas ofrecen las condiciones mediante las cuales son posibles sus funciones; no puede vivir jamás en cuerpos animales ni puede retroceder hacia el bruto porque esto sería ir contra la ley de la evolución. (Véase: Doctr. Secr., I, 208). Este falso punto de vista es un disfraz de la enseñanza exotérica, y sólo puede admitirse en sentido alegórico, de igual modo que llamamos “tigre” al hombre de crueles instintos, “zorro” al que está dotado de mucha sagacidad y astucia, etc. Cierto es que puede un hombre degradarse y llegar a ser hasta peor, moralmente, que cualquier bruto, pero no puede hacer dar vueltas a la rueda del tiempo ni hacerla girar en dirección contraria. La Naturaleza nos abre puertas delante de nosotros, pero las que dejamos atrás se cierran irresistiblemente como una cerradura de resorte para la cual no tenemos llave. (A. Besant, Reencarnación). – Para formarse una verdadera idea de la Reencarnación, hay que comprender bien cuál es la parte del hombre que se reencarna; de lo contrario, se expone uno a incurrir en graves errores. Desde luego, no se trata aquí del cuaternario inferior, por cuanto éste se halla constituido por principios perecederos o transitorios que sirven para un solo renacimiento o una sola personalidad terrestre; no se trata, pues, de la naturaleza animal, de la parte que el hombre tiene de común con el bruto, esto es, el cuerpo físico, el doble etéreo, el principio vital y el centro o principio de los apetitos, deseos o pasiones. Lo que verdaderamente se reencarna es la entidad individual e imperecedera del hombre, la Tríada superior, constituida por Atma–Buddhi y el Manas superior; pero como la Mónada (Atma–Buddhi) es universal y no difiere en las distintas personas o individuos, de ahí que, en realidad, lo que estrictamente puede decirse que se reencarna es el Manas, el Pensador, el Ego o verdadero Hombre, que, ennobleciendo y purificando su yo inferior, pugna por unirse a la Mónada divina. La Reencarnación, doctrina que parece nueva entre nosotros a fuerza de ser antiquísima, es la creencia de las dos terceras partes, por lo menos, de la población total del globo, y ha sido aceptada sin reserva en todos los pasados siglos; en una palabra, es una verdad olvidada. En las escrituras sagradas de la mayor parte del Oriente se habla de la Reencarnación como de una doctrina que no tiene necesidad de pruebas ni demostraciones, como una de esas verdades corrientes e inconcusas que todo el mundo acepta sin examen ni discusión. En el Nuevo Testamento se encuentran varias alusiones a esta doctrina. (Mateo, XVII, 12, 13. Marcos, VI, 14–16; Juan, IX, 1, 2, etc.), y así la vemos plenamente admitida por numerosos Padres de la antigua Iglesia. (Véase: A. Besant: Compendio universal de Religión y Moral, tomo I, págs. 97 y siguientes). En el mismo occidente la creencia en la Reencarnación estaba muy arraigada en la antigüedad, como lo demuestran ciertas enseñanzas de la Mitología y numerosas obras de sabios eminentes. Muchos grandes pensadores y filósofos antiguos y modernos la han admitido sin reserva, y para probarlo no hay más que citar los nombres de Pitágoras, Platón, Empédocles, Sócrates, Kant, Schopenhauer, Shakespeare, Fichte, Herder, Lessing, Shelley, Emerson, Goethe, Hegel, Ricardo Wagner, etc.; cosa que no debe extrañarnos porque la doctrina de la Reencarnación es la única que nos ofrece una explicación clara, lógica y satisfactoria de gran número de problemas y enigmas que ponen en tortura la inteligencia humana, tales como las diferencias de carácter, los diversos instintos, las tendencias innatas de diversas personas, el talento y las disposiciones naturales que presentan algunas de ellas para las ciencias y las artes; las enormes e irritantes desigualdades de nacimiento y fortuna, las aparentes injusticias que vemos a cada paso en la tierra, etc. De otro modo, la suerte feliz o desgraciada de los hombres no responde a ninguna idea de justicia, sino que depende sencillamente del mero capricho de una divinidad irresponsable o de las fuerzas ciegas de una Naturaleza sin alma. De todo lo expuesto se deduce que debe existir necesariamente una causa, una ley que regule de una manera justa y precisa las condiciones de cada encarnación o existencia, y esta ley es el Karma, doctrina gemela de la Reencarnación, ley inflexible que ajusta sabia y equitativamente a cada causa su debido efecto; es el destino de cada individuo, pero no un destino ciego o caprichoso, sino el destino ineludible, absolutamente justo y estrictamente acomodado al mérito y demérito de cada uno. En virtud de la ley kármica, las buenas o malas consecuencias de todos los actos, palabras y pensamientos del hombre reaccionan sobre él con la misma fuerza con que obraron, y así es que tarde o temprano, en la presente o en venideras existencias, cada cual recoge exactamente lo mismo que ha sembrado. Nuestros deseos, nuestras aspiraciones, nuestros pensamientos, nuestros actos, son los que, por virtud de dicha ley, nos vuelven a traer repetidas veces a la vida terrestre determinando la naturaleza de nuestros renacimientos. Todas las desigualdades, todas las diferencias que vemos en la condición de las diversas personas, son hijas de los merecimientos o de las culpas de cada uno, y por lo tanto, lo que se considera generalmente como favores o crueldades de la suerte, no es en realidad otra cosa que el correspondiente y justo premio o castigo de nuestra conducta pasada. Somos nosotros mismos quienes forjamos nuestro porvenir y labramos nuestra futura felicidad o desdicha, sin que por ello podamos bendecir ni culpar a nadie más que a nosotros mismos. No somos en manera alguna esclavos de nuestro destino, sino sus dueños y creadores: el destino es inevitablemente nuestra propia y exclusiva obra.
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