Los Constructores
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                    LOS CONSTRUCTORES.   Una Historia de Ángeles

                                      Por Judith Buchanan

               (Traducido de la Revista  The Quest de Marzo-Abril del 2005, por

                     Gustavo A. Rodríguez del Grupo Teosófico de Miami Beach)

 

                                                Hay un manto largo y blanco en el cielo para mí

                                                Hay una gran arpa dorada en el cielo para mí

                                                Y yo toco una cuerda, y todo el cielo resuena

                                                Y no voy a estar por mucho más tiempo aquí

 Podía escuchar en mi mente, la voz clara de tenor de mi padre, armonizando con la familia, cuando cantábamos uno de nuestros himnos espirituales. La música sonaba y las lágrimas corrían por mis mejillas, según manejaba con mi familia hacia el Este. Unas horas antes, recibí la llamada que nadie deseaba oír: “Está en el hospital…cáncer de páncreas…unas cuantas horas o quizás días que vivir. Regresa a casa ahora”. Tenía que ser un error. Hacía solo unos cuantos días que él había regresado de unas vacaciones en Japón y China y se sentía muy bien. Tenía que ser algo del hígado debido al cambio de agua, los doctores tenían que estar equivocados.

Según manejaba, comencé a invocar a los ángeles sanadores para que le ayudaran. Entonces tuve una imagen en mi cabeza tal y como si fuera en un televisor. Era la imagen de mi padre en la habitación del hospital, conectado a una variedad de aparatos médicos. Mi hermana y madrastra estaban allí junto a las enfermeras y un doctor. Entonces vi que se encontraban allí unos seres que parecían como unas columnas luminosas y que estaban parados alrededor de mi padre. Ellos no eran como los ángeles que yo estaba acostumbrada a ver, así que me dije, bien, tiene guardianes. El se va a curar.

 Cuando llegué al hospital, la habitación de Papá estaba exactamente tal y como la había visualizado. La familia me dejó sola con él, y comencé a trabajar. Yo, brevemente, di la bienvenida y las gracias a aquellos seres de luz e inmediatamente comencé un verdadero frenesí de oración con la ayuda de un grupo de ángeles sanadores. Nos adentramos con la mente en su cuerpo y comenzamos a sacarle las células malas del mismo, inundándole además con luz y amor. De repente, sentí una fuerza muy fuerte que nos hacia presión a mi y a los ángeles para que nos apartáramos de mi Padre. Fui sacada de la habitación por aquellos seres parecidos a columnas de luz. Ellos me hablaron: “No puedes regresar hasta que no te calmes”.

Afuera en el pasillo, luchando con las emociones de dolor, enojo y confusión, me era muy difícil meditar, pero después de varias horas encontré ese lugar especial dentro de mi, “esa paz que sobrepasa toda comprensión”. Y me aventuré de nuevo, dentro de la habitación, pero ahora, humilde y respetuosa. Los seres todavía estaban parados exactamente en la misma manera en que los había dejado: Altos pilares como haces de luz y cuyas “cabezas” sobrepasaban el cielo raso. No podía distinguir características  especiales en ellos, pero cada uno tenía una presencia distinta.

¿Quiénes son ustedes? les pregunté.

Uno de ellos me respondió, “Usted puede llamarnos Constructores”.

“Constructores”… no le encontraba significado alguno, pero me plegué a su pedido de mantener la calma y una vigilancia amorosa para mi padre. Según que mi hermana y yo nos alternamos en turnos de doce horas para atender a nuestro padre, pude apreciar una transformación maravillosa en los Constructores. Al paso de los días y parados donde estaban, en un círculo alrededor de la cama de mi padre, sus cuerpos parecía que se extendían en el espacio lateral, hasta que se unieron. Desde fuera del círculo sus cuerpos ahora unidos, lucían como un cono inmenso de luz blanca, cuyo punto focal se extendía más allá del techo. Cuando me pare junto a mi padre, dentro del círculo de luz de los Constructores, su forma semejaba un túnel largo y blanco. Y allí, al final del túnel, en una escena que parecía como hecha por Disney, estaban mi abuela y abuelo, saludando sonrientes y asegurándome que allí permanecerían para recibir a su hijo menor, mi padre.

Unos cuantos días después, otro cambio ocurrió. Un cordón de luz dorado estaba enredado en espiral alrededor del cono, en su lado externo, comenzando en la base del mismo hacia la punta. El cordón parecía tener un tono bellísimo cuyo sonido, llenaba la habitación.

Esos días de cuidar a mi querido padre, fueron los más dulces de mi vida. El nos había dado tanto amor. Esta era mi oportunidad para devolverle un poco de ese amor. Tal parecía como si yo estuviera atendiendo el cuerpo indefenso del niño Jesús y a la misma vez el cuerpo herido y moribundo del Señor. En el décimo día, se me pidió que hiciera lo que pensé que era una tarea imposible para mí. Si no era suficiente el aceptar pacíficamente el que mi padre estaba muriendo; se me pidió además, que ayudara a mi padre a cruzar hacia el otro lado. Al fin, dejando atrás toda esperanza de lo que yo realmente quería y a fin de ser obediente a una voluntad mucho más grande y mejor que la mía, imaginé que cargaba a mi padre.

Según llevaba el cuerpo minado por el cáncer a través del túnel, finalmente comprendí las palabras de esa canción espiritual cantada en las congregaciones de las iglesias de la raza negra, que nuestra familia solía cantar. Una persona que viajara por el túnel y que emergiera a través del mismo en su tope, parecería que estuviera vestida con un manto largo y blanco. El arpa dorada era el cordón enredado alrededor del exterior del cono y que tenía una tonalidad tan dulce que “todo el cielo resonaba con el”. Completado su trabajo, los Constructores gradualmente se desaparecieron.

 He visto a los constructores otra vez, en las habitaciones de los hospitales donde se encuentren pacientes al borde de la muerte. Entonces yo se que no es hora de emprender actividades de sanación, sino, para un apoyo callado y pacífico. Y dejo que las bellas palabras de esa canción espiritual resuenen en mi mente.

 Judith Buchanan, ella es  miembro activo de la Logia teosófica Ann Arbor en Michigan.                           

 

 

 

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